domingo, 19 de octubre de 2008

Lo que "ELLAS" miran (traseros)


Luego de haber expuesto a mi frágil, delgada y nada espectacular anatomía, a esa jornada extenuante de viaje, baile y jolgorio, retorne a mi rutina habitual, es decir ir a clases, tomar mi combi (con los ya mencionados combiman) y disponerme a encontrar esos detalles cautivadores de cada día, que son ineludibles de espectar; sin embargo un día en particular, viernes para ser preciso, transcurría en un total, intolerable y tormentoso aburrimiento, era insoportable…, no ocurría nada singular. Resignándome a aguardar silenciosa y aletargadamente la tarde para ingresar a una clase programada, inusitadamente se presentó la oportunidad de formar parte de una conversación entretenida entre dos compañeras mías, que intercambiaban opiniones acerca de la variada somatología masculina.

No pude evitar acercarme y empezar a tratar de entender lo que le gusta al, ya por naturaleza, enigmático mundo femenino; debido a que no tenia mucho que opinar solo me dispuse a prestar atención que era lo que mas observaban “J” y “A”, que cual cazadoras describían a las mejores presas, y los mejores especimenes que habian logrado divisar en estos días.

Les gustaban los hombres corpulentos, con brazos titánicos y musculosos que las supieran abrazar, de preferencia mas altos que ellas, nunca cae mal una buena billetera y bien gordita por supuesto (factor indispensable en esta época), poco a poco y sin percatarse de mi presencia, será porque soy delgado, iban analizando las zonas inferiores y las iban describiendo, es increíble el efecto libidinoso que tiene un “buen trasero” en el subconsciente femenino, y por ende concepto de hombre perfecto para algunas, luego obviaron discutir acerca de la zona opuesta a la convexidad masculina que les gustaba porque yo oía con mucha atención, cambiaron de tema y empezaron a hablar de pectorales, espalda, piernas, hasta zapatos, era increíble los conocimientos anatómicos que escondían estas dulces amigas mías.


Mientras oía su conversación, era necesario empezar a escudriñarme, momentos en los cuales hubiera preferido no oír tan interesante conversacion, ya que yo no entraba por ningún motivo dentro de los parámetros requeridos para ser ese membrudo prototipo de hombre; me empezaba a observar, y notaba mis delgados brazos, mis reducidos pectorales, y lo que es peor de todo, no tengo trasero, empezaba a desilusionarme dramáticamente y deseaba nunca haber oído tal conversacion que había menguado mi autoestima.

Dejando de lado el lamentarme de mi poco espectacular cuerpo, intervine en la conversacion, para tratar de sacar cara con los poco favorecidos hombres que hay en este planeta, con el argumento simplón de que había cosas mas importantes, los “sentimientos”, claro que no quería defender a los demás, al que quería defender era a mi¡¡¡ me estaban atacando impunemente, a lo cual ellas respondieron que si, que también eran importantes los sentimientos y un rollazo para que me lo tragara y las dejara seguir hablando, no se me ocurrió nada mejor para caer bien parado y no me den por mi lado, mencionar la chuscada de que yo podría ser “potón” si quisiera, a lo cual respondieron:

- “Uyyyy amiguito, tienes bastante chamba por delante, perdón por detrás” (seguidas de unas risitas maliciosas)

Claro que no podía quedarme atrás, así que les mencione que para eso existían las siliconas, para que tanta chamba, con lo cual gane un par de carcajadas de parte de ellas y mías también, estaba cayendo en un absurdo, ¿Con siliconas? Me reí de mi ocurrencia por mucho tiempo y me retire para dejarlo ahí y no seguir compadeciéndome de mí.

Ingresamos a clases, y el aburrimiento de haber expuesto y tener que esperar a que terminen todos los demás, hizo que me pusiera a pensar en lo que quieren en verdad las mujeres, me pasaba por la mente la imagen de esas gringas que se pasean por las calles del centro de la ciudad con un espécimen autóctono de nuestro Perú, féminas agraciadas paseando con un gordito, otras que andan con flaquitos como yo (que tampoco tienen trasero), otras que a mi parecer no tenían nada que hacer con tipos chuscazos, claro que no me considero un papazote, ni nada por el estilo pero hay que reconocer que hay individuos que la saben hacer, tienen ese don, de mas o menos saber lo que una chica quiere maquillando sus imperfecciones somáticas con palabras bellas, la billetera, sin duda con recursos y encantos que solo las mujeres deben saber, entender y comprender.

Y aunque di muchas vueltas mas acerca de lo mismo, me vino a la mente aquellas escenas fílmicas de “What Woman Want” (Lo que ellas quieren), en la que por un azar del destino Nick (Mel Gibson) podía escuchar todo lo que las mujeres piensan y por ende lo que quieren; y es que seria magnifico contar con un don así, aunque no estoy seguro de que si al tenerlo pudiera controlar la concupiscencia que invadiría mi ser, pero bueno hasta que llegue ese día, solo tengo seguro que esas cazadoras de traseros andan sueltas por ahí, observando las mejores presas que caminan libremente, a lo cual para tratar de defenderme puedo decir que no estoy en peligro de extinción, en ese aspecto.. “trasero”.

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martes, 14 de octubre de 2008

Hacia mi lugar inolvidable "YUNGUYO"



Y la semana pasada transcurría como un Octubre de siempre, con aires de fiesta provenientes de regiones altiplánicas, que iban inundando profundamente mi ser y alimentando mi espíritu aventurero y jaranero, que a pesar de intentar mermarlo y apaciguarlo, mis buenas intenciones sucumben ante ellos, de vez en cuando se convierte en una genuina pugna entre mi mis angelitos internos, esta vez gano el arrebatado, y dejando de lado algunos deberes, súbitamente me dispuse a cargar una maleta y dirigirme a las alturas de mi Perú, siguiendo con olfato sabueso el aroma de una rica cervecita, los sonidos de entrañables melodías, el calor familiar que llamaba y la tierra que clamaba mi presencia –o era mi alma-, y aunque me puse a pensar en costos, solo pude concluir que un par de pasajes eran S/.50, unas cuantas cervezas –y solo unas cuantas porque la mayoría fueron gratis- S/.20, contemplar la belleza de paisajes serranos, el misticismo y la alegría de Yunguyo, no tiene precio.

Y así fue que cual ave migratoria, me dirigí un poco mas al sur, para disfrutar la fiesta que se celebra de 8 a 12 de Octubre, en las fronterizas tierras de Yunguyo, la fiesta de uno de los santitos mas representativos de mi corta vida “San Francisco de Borja” (Tata Pancho), aunque no pude partir para llegar al inicio de fiesta, tenia como objetivo principal llegar al día central del festejo, compre un boleto para llegar el 10 de octubre en la mañana, el ómnibus iniciaba el recorrido a las 10:30 de la noche lamentablemente, y lamentable porque cuando lo compre eran las ocho de la noche, me dispuse a esperar, afortunadamente lleve un libro y me dispuse a distraerme, deletreando algunas paginas de mi librito: “Los Siete Pecados Capitales” de Fernando Savater.

Luego de ponerme a meditar un poco de lo necesario que es la presencia del mal en nuestra vida, fue embobador mirar el reloj de mi celular y ver ese pedazo de cacharro apagado (nunca salgan sin cargar el celular o al menos llevar el cargador), así que le pregunte a la señora que se encontraba a mi lado, lamentablemente al voltear me tope con una especie de espantapájaros soñoliento, con paquetes que impedían verle el rostro, y una tranquilidad pasmosa, lo cual me dio a entender que su carro saldría mucho después que yo iniciara mi travesía. A pesar de que me encontraba algo cansado, no se si fue mi lado humano el que impidió despertarla para que me dijera la hora, o fue mas el miedo a que me largara por interrumpir su apacible espera, lo que me obligo a dar una pequeña caminata hasta el reloj del terminal, lo cual lamente porque solo había transcurrido una miserable hora, y me quedaba una y media mas por aguantar; así me dirigí a un Internet en el cual pensaba matar lo que restaba de tiempo, y que tampoco funciono porque la dueña al parecer no iba a lastimar su sueño por un solo cliente –yo- y me boto media hora después; luego de una hora de escuchar bebes llorando, ver como otros pasajeros mas inteligentes –que compraron antes sus pasajes- llegaban a la hora que partía su bus, turistas descifrando planos y conociendo bricheros al paso, al fin llego la hora esperada subí al bus recline mi asiento y me dispuse a dormir hasta llegar a la “Ciudad del Lago”(Puno).
El frió me recibió calidamente, a golpe de cuatro de madrugada, limpie mi babita que se chorreaba por mi comisura derecha, revise mis pertenencias y trataba de arreglar mi peinado, como si alguien se fuera a fijar en mi apariencia a las cuatro de la mañana (no se fijan ni cuando es de día), a partir de ahí me disponía a tomar otro bus, una combi mejor dicho, que me llevara al convite, a Yunguyo; imaginaba que el recorrido seria igual, dormiría, me limpiaría mi babita y estiraría la espalda, pero para mi fortuna encontré inesperadamente la presencia de uno de mis docentes de universidad, que también se dirigía a la juerga, claro que el iba acompañado de su señora esposa y yo de mi maleta, en el camino pasando por cada uno de los pueblos que nos llevaran hasta la festividad de Tata Pancho, en la frontera peruano-boliviana, compartíamos conversaciones que hicieron, que tanto la muchacha que estaba a mi lado como su esposa, encontraran un sueño profundo y placentero, imagino que la conversación de dientes, muelas, caries, problemas estudiantiles, y cosas así no son de las mas entretenidas.
Arribamos a este pueblito mágico, alegre, juerguero y pachanguero, a las seis de la mañana, el ambiente iba poseyendo mi ser, lo cual me rehusaba a creer, era muy pronto para iniciar cualquier tipo de celebración, aunque fuera el día principal, pero estaba donde quería estar, y en Yunguyo se puede empezar cuando menos te lo imaginas, así que llegue a mis aposentos y la bienvenida fue con un vasito de cerveza (Cuzqueña por supuesto), se iba escuchando las melodías que invaden las calles por cuatro días, luego de algunas cervezas mas, me proponía a encontrar la alegría que estaba buscando, encontré a las personas que quiero, tíos, primos, abuelitos, conocidos, entre los cuales se encuentran mis queridísimas primas Eugenia y Gabriela, las “gemelas”; y así iba iniciando la fiesta, los conjuntos iban recorriendo las calles, los danzantes iban mostrando sus trajes y sus pasos, aunque corto el recorrido el espectáculo esta por todos lados, si no lo dan los bailarines, lo dan los borrachitos que están a los alrededores, los conjuntos pasan luego a sus locales, donde realmente se dará inicio a todo lo esperado.

Curiosamente todos llegan tranquilos a la recepción, comen, educadamente se saludan, comparten conversaciones amenas, mientras que lentamente el alcohol va desinhibiendo sus animas, vas exteriorizando lentamente su alegría, se pierde la reverencia, sosegadamente las facies de sus rostros se ven anestesiadas y algunos empiezan a bailar, primero unos, luego los otros, luego todos; yo, al igual que los demás también estaba bajo los efectos embriagadores de esa mezcla riquísima de cebada con alcohol, empecé a bailar cual “moreno” al ritmo de la banda “Pagador de Oruro”, junto con toda la mancha de primos que se encontraban en condiciones eufóricas, al igual que yo, se va convirtiendo en la esencia de esta fiesta, algo fraternal, algo intimo, algo hermoso y único, que solo lo podría sentir alguien que visite este pueblo a orillas del Titicaca.
Luego de la embriaguez, van retirándose para guardar fuerzas para el día siguiente, aunque ganas no faltan para quedarse y seguir celebrando, la fiesta aun no termina, al día siguiente la costumbre nacionalizada de “curar” es casi un hecho en cualquier hogar, y los desayunos familiares listos para compartir las anécdotas del día anterior y los planes para el presente, nuevamente los zombis fueron levantándose y tomando una forma humana para continuar festejando, y lo de zombis, por mi porque moría de sueño, pero solo fui por dos días, era inconcebible la idea de quedarme postrado en cama, disfrute la rica sopa de trucha de mi tía Hermelinda, un rico segundito, y las baterías estaban casi llenas para volver a empezar, un vasito de una rubia helada, y la danza empezó nuevamente, cual conejito de duracell; como mosqueteros otra vez nos unimos por la misma causa, y “Todos para una cerveza y una para todos”, transcurrió así la penúltima etapa con los sobrevivientes de las tres anteriores, pero siempre con la misma alegría y un “salud” por medio, hasta horas que tampoco recuerdo pero momentos que nunca olvidare.

Con aflicción y amargura, tuve que alejarme de Yunguyo el domingo por la mañana, con sueño, ojeras, algo de hambre, mucha sed (no de chela), pero feliz de haber podido estar presente otra vez, y aguardando deseoso la próxima vez que pueda regresar; para mi sorpresa encontré un Snicker derretido en el bolsillo derecho de mi casaca, que había comprado en el terminal y que olvidé comer por distraído, eso ayudo a aguantar el hambre y la amargura de abandonar esta placentera tierra, entre el Juana, el Khapia, y las aguas del Titicaca.

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martes, 7 de octubre de 2008

Por el mercado


Existen algunas actividades que brindan gran satisfacción realizarlas, en mi caso, de vez en cuando un partidito de frontón -usando siempre un polo blanco- (un hábito inexplicable), esos fugaces encuentros cibernéticos mediante el chat, alucinantes partidas de winning con mi amigo José, el “perrito”, un cebiche mhhh, entre otras; sin embargo siempre hay acciones que desgracian mi existencia, y que a pesar de que tienen un lado positivo, es imposible disimular la flojera que me da el hecho de solo ponerlas como una posibilidad, entre estas hay dos que siempre me han molestado, la primera es peinarme, detesto hacerlo porque no se peinarme (pero siempre lo intento, es necesario) y la segunda, es ir al mercado, nunca me gusto ir al mercado, y debe ser porque no aprendí a disfrutar de estas travesías… hasta ahora.

Era domingo y como de costumbre yo pensaba dormir hasta la hora que se me venga en gana, pero no contaba con la astucia de mi abuelito, que de un grito frustro mis intenciones, para variar fuimos al mercado a horas madrugadoras (6 am en domingo, imagínense). Recuerdo que cuando era niño me dejaban encerrado en el automóvil, dizque para cuidar el carro, claro un chibolo de 7 años bastante podía hacer si querían robar algo, bien gracioso, a menos que la hiciera de karate kid o algo por el estilo, muy diferente es que creo que no le gusta que alguien duerma mas que el.

Arrivamos a uno de los pintorescos “supermercados” de nuestra ciudad, yo con la esperanza de no perder el sueño, para que al retornar pudiera proseguir con mi interrumpido ronquido, y mi abuelito deseando encontrar una playa con espacio para el pequeño titán que maneja (una pequeña lancha); rumbo a los congestionados pasadizos, iba perdiendo el sueño e iba encontrando con placer chicas en su estado natural, y con esto me refiero que estaban sin maquillaje, ligeramente despeinadas, algunas con la misma cara de sueño que yo tenia, otras mas acostumbradas totalmente despiertas revisando que es lo que faltaba, mientras que su pobre viejito cargaba esas bolsas que iban aumentando de peso y cuya billetera lo iba perdiendo.

Luego me di cuenta que ellas se veían mas decentes que yo, que transitaba con unas ojerazas de dormilón cual panda, un polo cogido al paso en medio del sonambulismo y un short que por suerte, esta vez, estaba del lado correcto y el gorro que evitó que me peinara; de pronto algo me despertó, era una vendedora que me decía “caserito, caserito llévate”, por el otro lado había otra que decía algo similar “casero mira fresquita”, se iban multiplicando a cada paso, impedían mi libre recorrido y me iba preguntando ¿Casero?, ¿Cual casero acaso la conocía a la señora?, ¿Me había visto comprando otras veces?, ¿En el sonambulismo de la semana pasada le compramos a ella?, de pronto me di cuenta que no era yo, el casero era mi abuelito, mira pues el abuelito coqueto se conquistaba todas “caseras”, el era el men.

Mientras, yo buscaba un lugar cómodo donde poder dormir –lugar que a lo largo de mi trayecto nunca encontré-, luego de pasar por la señora papera, amable, sonriente, un traje algo folclórico (al estilo de Dina Morales o Sonia Paucar), nos dirijimos a las fruteras, con cinco kilos de papa soportados por mi delgado brazo y el sueño que aun persistía, le iba tomando un poco de gusto a este paseo matinal, en realidad creo que a pesar de que no me gusta mucho las aglomeraciones y el griterío de las “caseras”, siento que existe un contacto humano en cada compra, si es que no te sacan mal la cuenta claro.

Todo iba de maravilla, hasta que nos acercamos “al señor de las moscas”, la zona de las carnes, creo que es una de las peores zonas del mercado, y para ser sincero, a quien le gusta moscas encima de algo que va a comer luego, claro que la hierven, la sancochan, la cocinan, pero es algo repulsivo estar en ese instante en el que el peso se pasa por un gramito mas (y no por un gramito de carne).

Presenciado como estos fieles acompañantes de la buena comida arequipeña acompañaban mi bistec, de pronto lo molesto se convirtió en placentero, el sueño se desvaneció, hasta las moscas se veían bonitas volando alrededor cual mariposas en primavera, la curvilínea figura de una bella joven sobrecogió mi ser, quizás porque no esperaba encontrar a mi alrededor alguien que se viera tan naturalmente bella, de pronto quería pasear por todos los pasillos, ir donde las caseras y comprar su fruta, ir donde la señora papera y aguantar cinco kilos mas en el brazo; ir a las verduras, lácteos, hasta hubiese sido capaz de regresar donde el carnicero para comprarle un poco mas de moscas, perdón de carne, solo para observar lo bonito que podía ser ir al mercado.

Intente seguir el rastro del angelito que había visto pasar, jamás me dieron tantas ganas de comprar y de deambular “despierto” por esos, hasta ese día, penumbrosos pasadizos, que se iluminaron de repente, lastima que nunca que nunca pude alcanzar a mi angelita, y aunque conocerla quizás estaba fuera de mi alcance, cambio mi perspectiva de ver las cosas; y aunque un poco tedioso y lo nada interesante de este post, creo que de vez en cuando solo hay que encontrar un buen motivo para hacer las cosas, hasta las que no nos gustan, por eso empezare a ir al mercado, mas “bonito”, hasta intentare peinarme y no verme como un pirañita que acaba de despertar, quien sabe y vuelvo a encontrar a medio paso, a mi angelita de mercado, ahora será medio paso hacia el mercado, haber si llego a tener mi aren como mi abuelo.
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