Hacia mi lugar inolvidable "YUNGUYO"
Y la semana pasada transcurría como un Octubre de siempre, con aires de fiesta provenientes de regiones altiplánicas, que iban inundando profundamente mi ser y alimentando mi espíritu aventurero y jaranero, que a pesar de intentar mermarlo y apaciguarlo, mis buenas intenciones sucumben ante ellos, de vez en cuando se convierte en una genuina pugna entre mi mis angelitos internos, esta vez gano el arrebatado, y dejando de lado algunos deberes, súbitamente me dispuse a cargar una maleta y dirigirme a las alturas de mi Perú, siguiendo con olfato sabueso el aroma de una rica cervecita, los sonidos de entrañables melodías, el calor familiar que llamaba y la tierra que clamaba mi presencia –o era mi alma-, y aunque me puse a pensar en costos, solo pude concluir que un par de pasajes eran S/.50, unas cuantas cervezas –y solo unas cuantas porque la mayoría fueron gratis- S/.20, contemplar la belleza de paisajes serranos, el misticismo y la alegría de Yunguyo, no tiene precio.
Y así fue que cual ave migratoria, me dirigí un poco mas al sur, para disfrutar la fiesta que se celebra de 8 a 12 de Octubre, en las fronterizas tierras de Yunguyo, la fiesta de uno de los santitos mas representativos de mi corta vida “San Francisco de Borja” (Tata Pancho), aunque no pude partir para llegar al inicio de fiesta, tenia como objetivo principal llegar al día central del festejo, compre un boleto para llegar el 10 de octubre en la mañana, el ómnibus iniciaba el recorrido a las 10:30 de la noche lamentablemente, y lamentable porque cuando lo compre eran las ocho de la noche, me dispuse a esperar, afortunadamente lleve un libro y me dispuse a distraerme, deletreando algunas paginas de mi librito: “Los Siete Pecados Capitales” de Fernando Savater.
El frió me recibió calidamente, a golpe de cuatro de madrugada, limpie mi babita que se chorreaba por mi comisura derecha, revise mis pertenencias y trataba de arreglar mi peinado, como si alguien se fuera a fijar en mi apariencia a las cuatro de la mañana (no se fijan ni cuando es de día), a partir de ahí me disponía a tomar otro bus, una combi mejor dicho, que me llevara al convite, a Yunguyo; imaginaba que el recorrido seria igual, dormiría, me limpiaría mi babita y estiraría la espalda, pero para mi fortuna encontré inesperadamente la presencia de uno de mis docentes de universidad, que también se dirigía a la juerga, claro que el iba acompañado de su señora esposa y yo de mi maleta, en el camino pasando por cada uno de los pueblos que nos llevaran hasta la festividad de Tata Pancho, en la frontera peruano-boliviana, compartíamos conversaciones que hicieron, que tanto la muchacha que estaba a mi lado como su esposa, encontraran un sueño profundo y placentero, imagino que la conversación de dientes, muelas, caries, problemas estudiantiles, y cosas así no son de las mas entretenidas.
Arribamos a este pueblito mágico, alegre, juerguero y pachanguero, a las seis de la mañana, el ambiente iba poseyendo mi ser, lo cual me rehusaba a creer, era muy pronto para iniciar cualquier tipo de celebración, aunque fuera el día principal, pero estaba donde quería estar, y en Yunguyo se puede empezar cuando menos te lo imaginas, así que llegue a mis aposentos y la bienvenida fue con un vasito de cerveza (Cuzqueña por supuesto), se iba escuchando las melodías que invaden las calles por cuatro días, luego de algunas cervezas mas, me proponía a encontrar la alegría que estaba buscando, encontré a las personas que quiero, tíos, primos, abuelitos, conocidos, entre los cuales se encuentran mis queridísimas primas Eugenia y Gabriela, las “gemelas”; y así iba iniciando la fiesta, los conjuntos iban recorriendo las calles, los danzantes iban mostrando sus trajes y sus pasos, aunque corto el recorrido el espectáculo esta por todos lados, si no lo dan los bailarines, lo dan los borrachitos que están a los alrededores, los conjuntos pasan luego a sus locales, donde realmente se dará inicio a todo lo esperado.
Curiosamente todos llegan tranquilos a la recepción, comen, educadamente se saludan, comparten conversaciones amenas, mientras que lentamente el alcohol va desinhibiendo sus animas, vas exteriorizando lentamente su alegría, se pierde la reverencia, sosegadamente las facies de sus rostros se ven anestesiadas y algunos empiezan a bailar, primero unos, luego los otros, luego todos; yo, al igual que los demás también estaba bajo los efectos embriagadores de esa mezcla riquísima de cebada con alcohol, empecé a bailar cual “moreno” al ritmo de la banda “Pagador de Oruro”, junto con toda la mancha de primos que se encontraban en condiciones eufóricas, al igual que yo, se va convirtiendo en la esencia de esta fiesta, algo fraternal, algo intimo, algo hermoso y único, que solo lo podría sentir alguien que visite este pueblo a orillas del Titicaca.
Luego de la embriaguez, van retirándose para guardar fuerzas para el día siguiente, aunque ganas no faltan para quedarse y seguir celebrando, la fiesta aun no termina, al día siguiente la costumbre nacionalizada de “curar” es casi un hecho en cualquier hogar, y los desayunos familiares listos para compartir las anécdotas del día anterior y los planes para el presente, nuevamente los zombis fueron levantándose y tomando una forma humana para continuar festejando, y lo de zombis, por mi porque moría de sueño, pero solo fui por dos días, era inconcebible la idea de quedarme postrado en cama, disfrute la rica sopa de trucha de mi tía Hermelinda, un rico segundito, y las baterías estaban casi llenas para volver a empezar, un vasito de una rubia helada, y la danza empezó nuevamente, cual conejito de duracell; como mosqueteros otra vez nos unimos por la misma causa, y “Todos para una cerveza y una para todos”, transcurrió así la penúltima etapa con los sobrevivientes de las tres anteriores, pero siempre con la misma alegría y un “salud” por medio, hasta horas que tampoco recuerdo pero momentos que nunca olvidare.
Con aflicción y amargura, tuve que alejarme de Yunguyo el domingo por la mañana, con sueño, ojeras, algo de hambre, mucha sed (no de chela), pero feliz de haber podido estar presente otra vez, y aguardando deseoso la próxima vez que pueda regresar; para mi sorpresa encontré un Snicker derretido en el bolsillo derecho de mi casaca, que había comprado en el terminal y que olvidé comer por distraído, eso ayudo a aguantar el hambre y la amargura de abandonar esta placentera tierra, entre el Juana, el Khapia, y las aguas del Titicaca.




1 comentarios:
mi primo ke bello escribes, en serio viejito TIENES K PUBLICAR ALGO! LA ROMPES! TE MANDO MILES DE BESOS YA TE ESPERO EN LA PAZ CON UNA PACENIA. aL ANIO LA ROMPEMOS DE NUEVO EN YUNGUYO FIJA OK? TE EXTRANIO, SIGO EN CANADA TE MANDO MILES DE BESOS
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