Por el mercado
Existen algunas actividades que brindan gran satisfacción realizarlas, en mi caso, de vez en cuando un partidito de frontón -usando siempre un polo blanco- (un hábito inexplicable), esos fugaces encuentros cibernéticos mediante el chat, alucinantes partidas de winning con mi amigo José, el “perrito”, un cebiche mhhh, entre otras; sin embargo siempre hay acciones que desgracian mi existencia, y que a pesar de que tienen un lado positivo, es imposible disimular la flojera que me da el hecho de solo ponerlas como una posibilidad, entre estas hay dos que siempre me han molestado, la primera es peinarme, detesto hacerlo porque no se peinarme (pero siempre lo intento, es necesario) y la segunda, es ir al mercado, nunca me gusto ir al mercado, y debe ser porque no aprendí a disfrutar de estas travesías… hasta ahora.
Era domingo y como de costumbre yo pensaba dormir hasta la hora que se me venga en gana, pero no contaba con la astucia de mi abuelito, que de un grito frustro mis intenciones, para variar fuimos al mercado a horas madrugadoras (6 am en domingo, imagínense). Recuerdo que cuando era niño me dejaban encerrado en el automóvil, dizque para cuidar el carro, claro un chibolo de 7 años bastante podía hacer si querían robar algo, bien gracioso, a menos que la hiciera de karate kid o algo por el estilo, muy diferente es que creo que no le gusta que alguien duerma mas que el.
Arrivamos a uno de los pintorescos “supermercados” de nuestra ciudad, yo con la esperanza de no perder el sueño, para que al retornar pudiera proseguir con mi interrumpido ronquido, y mi abuelito deseando encontrar una playa con espacio para el pequeño titán que maneja (una pequeña lancha); rumbo a los congestionados pasadizos, iba perdiendo el sueño e iba encontrando con placer chicas en su estado natural, y con esto me refiero que estaban sin maquillaje, ligeramente despeinadas, algunas con la misma cara de sueño que yo tenia, otras mas acostumbradas totalmente despiertas revisando que es lo que faltaba, mientras que su pobre viejito cargaba esas bolsas que iban aumentando de peso y cuya billetera lo iba perdiendo.
Luego me di cuenta que ellas se veían mas decentes que yo, que transitaba con unas ojerazas de dormilón cual panda, un polo cogido al paso en medio del sonambulismo y un short que por suerte, esta vez, estaba del lado correcto y el gorro que evitó que me peinara; de pronto algo me despertó, era una vendedora que me decía “caserito, caserito llévate”, por el otro lado había otra que decía algo similar “casero mira fresquita”, se iban multiplicando a cada paso, impedían mi libre recorrido y me iba preguntando ¿Casero?, ¿Cual casero acaso la conocía a la señora?, ¿Me había visto comprando otras veces?, ¿En el sonambulismo de la semana pasada le compramos a ella?, de pronto me di cuenta que no era yo, el casero era mi abuelito, mira pues el abuelito coqueto se conquistaba todas “caseras”, el era el men.
Mientras, yo buscaba un lugar cómodo donde poder dormir –lugar que a lo largo de mi trayecto nunca encontré-, luego de pasar por la señora papera, amable, sonriente, un traje algo folclórico (al estilo de Dina Morales o Sonia Paucar), nos dirijimos a las fruteras, con cinco kilos de papa soportados por mi delgado brazo y el sueño que aun persistía, le iba tomando un poco de gusto a este paseo matinal, en realidad creo que a pesar de que no me gusta mucho las aglomeraciones y el griterío de las “caseras”, siento que existe un contacto humano en cada compra, si es que no te sacan mal la cuenta claro.
Todo iba de maravilla, hasta que nos acercamos “al señor de las moscas”, la zona de las carnes, creo que es una de las peores zonas del mercado, y para ser sincero, a quien le gusta moscas encima de algo que va a comer luego, claro que la hierven, la sancochan, la cocinan, pero es algo repulsivo estar en ese instante en el que el peso se pasa por un gramito mas (y no por un gramito de carne).
Presenciado como estos fieles acompañantes de la buena comida arequipeña acompañaban mi bistec, de pronto lo molesto se convirtió en placentero, el sueño se desvaneció, hasta las moscas se veían bonitas volando alrededor cual mariposas en primavera, la curvilínea figura de una bella joven sobrecogió mi ser, quizás porque no esperaba encontrar a mi alrededor alguien que se viera tan naturalmente bella, de pronto quería pasear por todos los pasillos, ir donde las caseras y comprar su fruta, ir donde la señora papera y aguantar cinco kilos mas en el brazo; ir a las verduras, lácteos, hasta hubiese sido capaz de regresar donde el carnicero para comprarle un poco mas de moscas, perdón de carne, solo para observar lo bonito que podía ser ir al mercado.
Intente seguir el rastro del angelito que había visto pasar, jamás me dieron tantas ganas de comprar y de deambular “despierto” por esos, hasta ese día, penumbrosos pasadizos, que se iluminaron de repente, lastima que nunca que nunca pude alcanzar a mi angelita, y aunque conocerla quizás estaba fuera de mi alcance, cambio mi perspectiva de ver las cosas; y aunque un poco tedioso y lo nada interesante de este post, creo que de vez en cuando solo hay que encontrar un buen motivo para hacer las cosas, hasta las que no nos gustan, por eso empezare a ir al mercado, mas “bonito”, hasta intentare peinarme y no verme como un pirañita que acaba de despertar, quien sabe y vuelvo a encontrar a medio paso, a mi angelita de mercado, ahora será medio paso hacia el mercado, haber si llego a tener mi aren como mi abuelo.




2 comentarios:
Gustaron mas los anteriores pero vas encontrando el estilo, sigue nomas jaja
Semejante a tu historia yo también detesto ir al mercado pero con la pequeña diferencia que nunca tropiezo con "angelitos" solos o acompañando a alguien, supongo que por la resaca de la noche anterior prefieren una siesta profunda hasta medio día que uno se levanta para cortarla con un rico cevichito.
Adelante, quizás en la próxima ida al mercado encuentres a esa angelita u otra(s).
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